Quien no se adaptó a tiempo, fue automatizado.
Se prevé que el mercado de la inteligencia artificial alcance los 4,8 billones de dólares para el año 2033, lo que podría convertirse en una de las principales palancas de desarrollo económico, comparable en escala a la economía de Alemania. Sin embargo, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) advierte que los beneficios de la IA se están distribuyendo de forma extremadamente desigual, y que, sin esfuerzos internacionales, esta brecha solo podría ampliarse.
Según el informe, las tecnologías de IA están moldeando una nueva realidad económica, pero en las condiciones actuales el acceso a ellas está concentrado en un grupo limitado de países y corporaciones. Alrededor de 100 empresas, principalmente de EE. UU. y China, representan la mayor parte del gasto mundial en investigación y desarrollo en este campo. La capitalización bursátil de gigantes tecnológicos como Apple, Nvidia y Microsoft ya es comparable al PIB combinado de todo un continente, África.
Distribución del mercado en 2033 (UNCTAD)
Esta concentración de conocimientos, recursos e infraestructura genera una distribución desigual de los beneficios, especialmente entre los países en desarrollo. Menos de un tercio de ellos cuentan con estrategias nacionales para el desarrollo de la IA, y 118 Estados ni siquiera están representados en los organismos internacionales que definen las políticas en esta área. Esto limita su capacidad de participar plenamente en la creación de normas y estándares globales.
Los mayores riesgos se observan en el mercado laboral. Hasta el 40 % de los puestos de trabajo en todo el mundo podrían transformarse por el impacto de la IA. Por un lado, la automatización promete aumentar la productividad, pero por otro, puede acentuar la desigualdad y reducir el valor del trabajo barato en las economías en desarrollo. Se destaca la necesidad urgente de adaptar los mercados laborales mediante la recualificación, la mejora de competencias y la creación de nuevas profesiones.
Más allá del trabajo, la IA también transforma la política industrial, situando en primer plano la infraestructura, los datos y las competencias. Un uso eficaz de la IA requiere ecosistemas digitales, sistemas de innovación resilientes y capacidades locales. Según la UNCTAD, estos tres pilares —base tecnológica, gestión de datos y capital humano— son los que determinan la capacidad de un país para integrarse en la economía de la IA.
El informe también hace hincapié en la inclusión. Sin la participación del Sur Global en los procesos globales de formulación normativa, el sistema regulatorio corre el riesgo de reflejar únicamente los intereses de un grupo limitado. Para cerrar estas brechas, la UNCTAD propone un plan de acción que incluya la creación de infraestructuras compartidas, el desarrollo de datos y software abiertos, la implementación de obligaciones de transparencia al estilo ESG y la promoción de la cooperación Sur-Sur.
UNCTAD subraya que la IA no es un fin, sino una herramienta. Su potencial para crear nuevas industrias, mejorar la eficiencia y fomentar el desarrollo sostenible solo podrá realizarse mediante un acceso equitativo, asociaciones globales y un enfoque centrado en las personas. De lo contrario, las tecnologías de IA podrían no unir al mundo, sino dividirlo aún más.