Los centros de datos se trasladan al espacio: Sophia Space ha patentado servidores refrigerados por el vacío y alimentados por energía solar.

Los centros de datos se trasladan al espacio: Sophia Space ha patentado servidores refrigerados por el vacío y alimentados por energía solar.

Sin cables, ventiladores ni conexión a la red eléctrica.

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Sophia Space patentó el diseño de un centro de datos orbital que recibe energía del Sol y evacua el calor sobrante directamente al espacio. En lugar de un único satélite grande con un sistema común de alimentación y refrigeración, la empresa propone ensamblar la infraestructura informática a partir de módulos planos y autónomos. Cada módulo lleva sus propios paneles solares, un radiador y cuatro procesadores, de modo que la potencia se puede aumentar añadiendo nuevas unidades.

La refrigeración sigue siendo uno de los principales problemas de los centros de datos espaciales. Miles de chips ejecutando modelos de inteligencia artificial generan una enorme cantidad de calor. En la Tierra se ventilan los racks o se conectan a circuitos de refrigeración por líquido. En el vacío esos métodos no funcionan: no existe un medio que transporte el calor. Una nave espacial solo puede deshacerse del calor mediante radiación, por lo que necesita grandes radiadores.

El esquema tradicional recuerda a un satélite convencional con una potente instalación informática añadida. Los procesadores se encuentran dentro del cuerpo central, un fluido térmico circula por tuberías, y bombas trasladan el calor hasta paneles exteriores. Cuantos más chips se instalan en la plataforma, más pesada y compleja se vuelve la estructura. Llega un momento en que el chasis ya no da abasto con los flujos de energía, calor y datos.

Sophia Space decidió prescindir de un centro único. La arquitectura recibe el nombre TILE, abreviatura de Thermal Integrated LEO Edge. LEO significa órbita terrestre baja. Cada módulo TILE tiene forma de losa plana: el lado iluminado por el Sol genera electricidad, en el interior funcionan los procesadores y el lado oscuro disipa el calor al espacio.

En la versión demostrativa, una losa alojará cuatro procesadores gráficos. Se alimentan con los paneles solares contiguos y ceden su calor a su propio radiador. No es necesario llevar la electricidad ni el calor a través de todo el satélite, por lo que el nuevo módulo se puede conectar sin rediseñar por completo la estructura.

Las losas se conectan entre sí únicamente por fibra óptica. Por esos cables circulan los datos, pero no la energía ni el calor. No hacen falta cables de cobre compartidos, bombas comunes ni un circuito líquido único. Si un bloque falla, los vecinos seguirán funcionando de forma independiente.

Ese esquema facilita la escalabilidad. A las empresas no les hará falta diseñar cada vez un nuevo satélite para procesadores más potentes. Basta con aumentar el número de losas de cálculo y añadir la cantidad necesaria de módulos de red o de energía.

La refrigeración pasiva no consiste simplemente en exponer un radiador al «espacio frío». El vacío casi no transmite calor por aire o por contacto con el entorno. El radiador debe convertir el calor en radiación infrarroja y dirigirla hacia el exterior. Al mismo tiempo la estructura debe protegerse de la radiación solar directa, del calor de la Tierra y de elementos contiguos de la plataforma.

La idea surgió de un proyecto anterior para transmitir energía solar desde el espacio. Los ingenieros calcularon cuánta electricidad puede producir la cara iluminada de la losa, cuánto demandan los procesadores y qué potencia térmica puede disipar la cara posterior. Los cálculos mostraron que un módulo plano puede mantener el funcionamiento de los chips sin un sistema líquido independiente.

El proyecto apareció antes de la expansión masiva de la IA generativa. Tras el lanzamiento de ChatGPT la demanda de capacidades de cálculo aumentó bruscamente, y con ello el consumo de energía de los centros de datos terrestres. Los servidores orbitales evitan ocupar suelo y conectarse a redes eléctricas sobrecargadas, pero trasladan el problema a otro ámbito. El lanzamiento sigue siendo caro, el equipo sufre por la radiación y un módulo averiado no se puede reemplazar con rapidez.

Sophia Space contempla TILE no solo como un bloque constructivo para una enorme granja orbital. Un módulo se puede instalar en un satélite de observación de la Tierra y procesar las imágenes a bordo. La plataforma podrá seleccionar los fotogramas útiles, comprimir los datos y transmitir hacia abajo el resultado ya procesado en lugar de un enorme conjunto de imágenes crudas.

Ese procesamiento reduce la carga del canal de comunicación y acelera la obtención de información. Según el mismo principio, las losas pueden emplearse para cálculos científicos, ejecución de modelos de IA y análisis de datos de satélites civiles, comerciales o de defensa.

Para una gran constelación hará falta un sistema de control independiente. El software debe repartir las tareas entre los módulos, vigilar la temperatura, ajustar la carga y migrar los cálculos a las losas vecinas en caso de fallo. El daño de un bloque no detendrá todo el centro de datos, solo reducirá ligeramente su rendimiento global.

La compañía estudia varios escenarios de uso. El cliente podrá instalar una losa en un satélite ajeno, montar un array compacto de docenas de módulos o construir un gran centro de datos orbital con miles de unidades. Este último escenario por ahora es solo un objetivo a largo plazo.

El primer vuelo de demostración está programado para 2027. Cuatro procesadores gráficos se montarán en la plataforma satelital Nova de la empresa Apex. La prueba debe mostrar cómo se comporta el módulo en órbita, si dispone de suficiente energía solar y si el radiador gestiona el calor.

Sophia Space planea comenzar las ventas de TILE y componentes asociados en 2028. En 2029–2030 la empresa espera probar una pequeña constelación de cuatro a seis satélites. Esa red permitirá ensayar la transferencia de datos entre plataformas, la distribución de tareas y el envío de resultados a la Tierra.

La patente protege la construcción general del centro de datos orbital: módulos planos, paneles solares en una cara, radiadores en la otra y la electrónica de cálculo entre ellas. Sophia Space también contempla licenciar la tecnología a otras empresas.

La prueba decisiva no será en el laboratorio, sino en órbita. En 2027 un módulo plano deberá alimentar simultáneamente cuatro procesadores gráficos, realizar cálculos y disipar el calor sin un sistema líquido común. Ese vuelo mostrará si TILE puede convertirse en la base de grandes centros de datos espaciales.