Antes hacía falta todo un estudio para fabricar una mentira creíble; ahora basta con un par de clics.

Los influencers virtuales ya han dejado de ser una curiosidad de estudio rara. Los primeros avatares de IA notables, incluidas Lil Miquela, Imma y Shudu Gram, mostraban de inmediato su origen digital: detrás de ellos había producción, presupuesto y una imagen cuidadosamente elaborada. La nueva ola se ve de otra manera. Personajes sintéticos como Aitana Lopez y Emily Pellegrini imitan el estilo habitual de los blogueros reales, muestran restaurantes, viajes, eventos y se disuelven gradualmente en el feed general.
El cambio principal está relacionado con la accesibilidad de las herramientas. Antes, para crear un autor virtual convincente se necesitaban un equipo y dinero; ahora una sola persona puede ensamblar un avatar con rostro, voz y movimientos mediante servicios masivos. Google, OpenAI, Higgsfield, HeyGen y ElevenLabs ofrecen herramientas que facilitan la generación de imágenes, videos y audio. Debido a esto, los autores de IA se han multiplicado, y distinguirlos de personas reales a una mirada rápida se ha vuelto mucho más difícil.
Estas cuentas se usan de distintas maneras. Unas venden productos baratos, otras estafan para sacar dinero con fotos falsas, otras difunden contenido político, desinformación o operan en nichos altamente sexualizados. También hay muchos perfiles ordinarios que simplemente reproducen los formatos populares de autores reales y les asignan un rostro generado.
Es difícil evaluar la magnitud del problema. Las plataformas no revelan cuántas personas sintéticas hay entre los usuarios, y las bases públicas rastrean solo los avatares más visibles. La mayor parte de estas cuentas permanece por debajo del umbral de atención mediática y no entra en los recuentos públicos.
Las redes sociales de momento abordan el problema mediante normas para publicaciones individuales. YouTube, TikTok, Instagram y otros servicios requieren etiquetar el contenido sintético realista, pero esas normas funcionan peor con los propios personajes. Un avatar puede no hacerse pasar por una persona concreta, no violar las reglas sobre fraude y, aun así, gestionar una cuenta como si detrás del perfil hubiera un autor real.
En medio de esta incertidumbre en torno a los influencers de IA, crece toda una industria. Surgen agencias, concursos, premios, cursos de formación y servicios que prometen lanzar rápidamente autores virtuales propios. Algunas firmas de análisis estiman que el posible volumen del mercado de influencers virtuales en 2030 superará los 60.000 millones de dólares.
La presión sobre las plataformas puede intensificarse debido a los deepfakes, al spam sintético y a nuevas exigencias de transparencia. La ley europea de inteligencia artificial prevé la divulgación de contenido generado o alterado por IA, pero el enfoque de esas normas sigue centrado en las publicaciones, y no en la cuestión de si una cuenta representa a una persona real.
Por ahora las plataformas siguen equilibrando la promoción de herramientas de IA y la lucha contra el flujo de contenido sintético de baja calidad, y en la práctica dejan la tarea a los usuarios de reconocer y denunciar perfiles sospechosos.