Este precedente podría redefinir para siempre quién debe asumir la responsabilidad por el engaño.

Una pareja anciana de Amberes (Bélgica) perdió 50.000 €: un estafador se hizo pasar por empleado bancario y convenció a los cónyuges de transferir el dinero a una cuenta "segura" bajo su control. El banco rechazó la compensación, alegando que los clientes realizaron la transferencia por su cuenta. Sin embargo, el juez no estuvo de acuerdo y obligó al banco a devolver el dinero a las víctimas.
La cuestión clave fue dónde trazar la línea entre un error ordinario y la negligencia grave. El abogado Gert Lenssens explica: un acto realizado bajo la influencia del engaño no cruza por sí mismo esa línea. Por tanto, al banco no le basta con señalar el código entregado por la víctima o el hecho de la transferencia: debe probar por separado que el cliente se comportó de forma tan imprudente que perdió el derecho a la devolución de los fondos.
Esta postura coincide con el dictamen de marzo del abogado general del Tribunal de Justicia de la UE, Afanásios Rantos: el banco está obligado a devolver primero el dinero y solo después —si existen pruebas de fraude o de culpa grave del cliente— impugnar la compensación. De este modo, la acusación de negligencia deja de ser un motivo automático para denegarla.
Los bancos europeos se resisten activamente a estas exigencias. Un ejemplo revelador es el banco digital neerlandés Bunq, que en 2024 se negó a indemnizar las pérdidas de algunos clientes que fueron engañados por supuestos "empleados de soporte". Y la comparación pública hecha por el director de Bunq de las víctimas de estafas con personas que entregaron voluntariamente las llaves del coche incluso suscitó críticas por parte del ministro de Finanzas de los Países Bajos.
Si la decisión de Amberes se consolida en la práctica judicial, los bancos tendrán que revisar su enfoque ante los incidentes de phishing: devolver el dinero con rapidez y probar la culpa del cliente ya a posteriori.