Envían a reciclar el primer cable submarino de internet recuperado del fondo del océano.

Hace casi 40 años se tendió por el fondo del Atlántico un cable que cambió el mundo. Ahora lo están izando del fondo y enviándolo al reciclaje. Se trata del TAT-8, el primer cable transatlántico de fibra óptica, gracias al cual la comunicación entre Europa y EE. UU. se volvió casi instantánea.
Desde hace tiempo las líneas submarinas están rodeadas de una leyenda atractiva sobre tiburones que supuestamente muerden los cables y «se comen Internet». En realidad todo es mucho más prosaico. Si un cable queda suspendido sobre el fondo, un pez puede rozarlo por curiosidad. Pero para que un depredador realmente cortara la línea tendría que enrollarse alrededor de ella. Mucho más a menudo los problemas se generan en tierra por roedores, y en el mar son más peligrosas las tormentas, los anclajes y las artes de pesca.
El mito de los tiburones surgió a mediados de los años ochenta, cuando se preparaba el lanzamiento de TAT-8. Fue el octavo cable telefónico transatlántico, construido por AT&T, British Telecom y France Telecom. Por primera vez para la comunicación entre continentes se utilizó fibra óptica, por la que los datos se transmiten mediante pulsos de luz. Hoy eso parece cotidiano, pero entonces la tecnología resultaba casi fantástica.
El 14 de diciembre de 1988 el cable entró en servicio. El escritor de ciencia ficción Isaac Asimov se conectó por video desde Nueva York con audiencias en París y Londres y calificó aquel hecho como una histórica travesía a través del océano por un rayo de luz. Los anuncios de AT&T prometían una «red intelectual global» por la que se podía transmitir información de cualquier tipo y a cualquier rincón del mundo. Entonces Internet era un entorno de nicho para científicos, pero la infraestructura ya se preparaba para la explosión futura.
En un principio se pensó que TAT-8 cubriría las necesidades durante mucho tiempo. La realidad fue otra: en 18 meses su capacidad quedó completamente llena. A comienzos de los años 2000 la serie TAT ya contaba con 14 sistemas. En 2002 se retiró TAT-8 por una avería cuya reparación resultó demasiado cara. Desde entonces el cable permaneció en el fondo hasta que decidieron izarlo.
Actualmente se ocupa de ello la empresa Subsea Environmental Services. Es uno de los tres actores en el mundo que se especializan en la recuperación y el reciclaje de cables submarinos. En el buque MV Maasvliet el equipo está retirando del fondo más de mil kilómetros de línea. El trabajo avanza despacio y exige precisión. El cable no está diseñado para ser izado de nuevo, hay que «capturarlo» literalmente del fondo con ganchos especiales, orientándose por las coordenadas exactas de las empalmes y los amplificadores de señal.
El cable submarino es más delgado de lo que muchos esperan. La parte de aguas profundas del TAT-8 tiene un diámetro comparable al de una vela. Pero en su interior hay una construcción compleja: el vidrio de la fibra para la transmisión de la señal, conductores de cobre para alimentar los amplificadores, una armadura de acero y aislamiento de polietileno. Cada amplificador pesa alrededor de 400 kilogramos y está diseñado para soportar presiones a profundidades de hasta 8000 metros.
Fue precisamente a finales de los años ochenta cuando alrededor de estos cables surgió la historia de los tiburones. Durante las pruebas de uno de los primeros sistemas se registraron daños en el aislamiento. Entre las posibles causas se mencionaron mordiscos. En el kit de prensa de TAT-8 incluso apareció un capítulo específico sobre protección contra tiburones. Sin embargo, no se encontraron pruebas concluyentes de que los peces realmente mordieran los cables. No obstante, los fabricantes añadieron una capa de protección de acero entre el aislamiento y la fibra. Esa «protección contra mordiscos» resultó útil no solo frente a depredadores hipotéticos, sino también contra daños mecánicos habituales.
Hoy en día en el mundo hay tendidos casi 600 cables submarinos con una longitud total de alrededor de 2 millones de kilómetros. Por ellos circula casi todo el tráfico intercontinental. Los satélites siguen siendo una solución auxiliar, sobre todo en regiones remotas, pero en capacidad y estabilidad no compiten con las líneas de fibra óptica.
Izar cables antiguos resuelve varias tareas a la vez. En primer lugar, libera rutas para nuevos sistemas. En segundo lugar, devuelve al mercado materiales valiosos. En el TAT-8 hay mucho cobre de alta calidad. Según la Agencia Internacional de la Energía, en la próxima década el mundo podría enfrentar un déficit de este metal. El acero y el polietileno también se envían al reciclaje. Como resultado, parte del primer cable transatlántico de fibra óptica puede transformarse, por ejemplo, en una valla para un viñedo o en un frasco para champú.
La historia del TAT-8 no es un relato sobre saboteadores ni sobre depredadores marinos. Es la historia de personas que durante décadas construyeron y mantuvieron la infraestructura gracias a la cual miles de millones de personas se acostumbraron a la comunicación instantánea. Rara vez pensamos que detrás de cada videollamada y cada mensaje hay un cable físico en el fondo del océano. Ahora uno de los cables más importantes pasa a la historia, pero su legado sigue funcionando en cada nueva ruta de fibra óptica a través del Atlántico.